Hay momentos en que la existencia nos desborda. Es cuando los complejos de culpa e inseguridad nos dominan a su antojo, tal como lo hace el titiritero con su muñeco. Bajo este trance nos paralizan los compromisos afectivos y laborales, catalepsia social que no reporta satisfacción alguna al individuo, menos aun a la sociedad. Esta infelicidad se proyecta hacia el prójimo, volviéndolo victima de un lastre ajeno hasta los limites mismos de la resistencia y la lastima. Aquí el consejo más previsible y sensato seria la búsqueda de ayuda profesional. ¡¡¡¡¡¡ YO DIGO NOOOO…!!!!!!!Arriésguese –y de paso ahorra el sicoloco- y ayúdese sin necesidad de terceros. Con tal bagaje de disfunciones afectivas usted puede ser un experto en autoayuda. ¿Pero como pasar de penoso minusválido emocional a un solidó orientador en las fascinantes ciencias de la autoayuda? Aquí el truco:
Infelices somos todos: Si algo nos hermana como especie más allá del azar biológico del ADN, es nuestra infinita capacidad de insatisfacción. Detrás del mas sólido semblante y la mas blindad autoestima se agazapa un infeliz con una enuresis a cuestas. Sóplelos y caerán. El dolor nos atraviesa enhebra y vincula, tejiendo un manto opaco de comunes tristezas veladas y escondidas. Descúbralas. Sea compasivo y haga del dolor ajeno el suyo –o hágale creer eso- Ya gano un cliente
Observe las leyes universales: El alma desesperada necesita un eje móvil, un orden. Tal como el naufrago que busca una viga, el atribulado se aferrara a lo primero que flote a su alrededor. Como nuevo experto en autoayuda usted es el llamado a lanzar diversos salvavidas. Aquí es cuando justifican su costo intelectual esa frase de Paulo Coelho, la sentencia de Og Mandino, o el índice de “QUIEN SE COMIO MI QUESO”. Ello solo debe ser la carnada del anzuelo. Para la pesca de altura en el mar de la desolación ajena necesitara las “18 reglas inmóviles de la felicidad”, “los cuatro memos de Dios”, “Las 322 razones para mirar al Sol a los ojos y decirle ¡gracias!”. Usted invente la ley universal que mejor le acomode –asegúrese de memorizarla-. Al carecer de una verdadera estructura o posibilidad de comprobación funcionara sin reparos. Pero no por ello subestime el efecto del lugar común y la muletilla. A veces un simple todo “todo tiene un por que en la vida” puede fidelizar a un paciente por años.
Pida y se le dará: La estrategia del palo y la zanahoria es aplicable a la infelicidad humana. La recompensa fácil e inmediata, es la zanahoria del asunto. Es una obligación moral del experto en autoayuda alimentar la tierna ilusión por un premio inmerecido. Estimule al paciente a llevar un cuaderno donde apunte pedidos al universo. Establecido este mecanismo de expectativa sin esfuerzo, es decir pedir, pedir y pedir, pídale que le adelante un año de consulta.
Aplique la higiene del sueño: En el fondo, ningún drama es tan grave. Por que si algo no tiene solución, pues no vale la pena preocuparse por lo imposible. Decirle esto tan brutalmente a alguien puede costarle la estabilidad emocional a esa persona, y a usted la perdida del cliente. Por el contrario déjelo pedir soluciones al universo (si no la capta vea el punto anterior). Luego aplique el remedio infalible del sueño. Como ocurre con los bebes, lo que la mayoría de adultos necesita es comer bien, hacer sus necesidades y dormir a sus horas.
Quemados somos todos: La ociosidad que propicia el avance tecnológico, sumado al empacho informativo y al trabajo ubicuo atribuibles a Internet, ha generado su propia enfermedad del alma. Su breve sintomatología reporta permanentemente perdida de energía y agotamiento ansioso aun cuando el paciente no ha hecho más que mirar el techo hasta hacerle un hueco. La nomenclatura multiuso que hoy cotiza es la del síndrome del burnout. Es un cuadro de agotamiento emocional acompañado de despersonalización y baja realización individual. Léase: “ser humano quemado”. Como diagnostico preliminar no falla. El paciente recibirá el veredicto con una sonrisa amigable que ablanda hasta al más curtido profesional. Pero resista. Ajuste el alma y mándelo a seguir llenando cuadernos con deseos impostergables. Esa es nuestra misión.

